Inicio Arganzuela Pinceladas de Madrid: El Paseo de las Delicias. De Atocha a Legazpi.

Pinceladas de Madrid: El Paseo de las Delicias. De Atocha a Legazpi.

El Paseo de las Delicias. ¿A qué madrileño o madrileña no le suena ese nombre?.

Lo que muchos no sabrán es que hay que remontarse al siglo XVIII para verlo por primera vez en los planos de la capital. Fue construido como continuación del Paseo del Prado con el objetivo de llegar hasta el canal del río Manzanares. El paseo, precioso según contaban, era un concurrido camino adornado con hileras de árboles a ambos lados, donde madrileños y madrileñas se reunían y disfrutaban de lo que se acabó conociendo por “Las delicias del río”.

El pintor Francisco Bayeu lo retrató en su obra de 1785, ‘Paseo de las Delicias’. En el cuadro se puede ver ese camino y cómo grupos de hombres y mujeres disfrutan de la vida social al cobijo de esas ya mencionadas hileras de árboles.

En la actualidad, lejos quedan esas hileras de árboles a pie del camino como lejos queda la apacible tranquilidad que muestra el cuadro de Bayeu. En su lugar hay semáforos y coches, aceras y coches. Y metro. Bueno, siendo justos, árboles quedan, aunque luzcan menos, pero quedan.

Lo que parece no haber cambiado es que ‘el paseo’ es lugar de paso y reunión, de trasiego, trabajo y disfrute, donde madrileños y visitantes generan un revuelo casi constante que deja claro que tiene vida para rato.

Hoy, sobre todo en su confluencia con la glorieta de Carlos V, es lugar de paso para turistas, donde extranjeros o nacionales visitan a diario sus comercios, bares y restaurantes, antes de emprender o continuar su aventura a través de la cercana Estación de Atocha, punto de referencia para viajeros y de reunión para autóctonos.

Si paseamos a lo largo de sus casi 2 km de asfalto podremos encontrar una siempre agradable mescolanza del encanto de lo antiguo y lo eficaz de lo moderno. Viviendas de principios del siglo XX se mantienen erguidas ante el inexorable paso del tiempo, mientras nuevos bloques y oficinas van haciendo acto de presencia sin prisa pero sin pausa.

Los comercios y locales de ocio han ido cambiando, que no necesariamente mejorando, y tan solo son memorias y recuerdos –en los más viejos del barrio-, lo que queda de aquellos cines que entre los años 40 y 50 amenizaron tantas y tantas tardes. Mismas memorias de tantos niños y niñas cuya infancia corrió paseo arriba y paseo abajo, cuando aún los balones y las gomas de saltar eran motivo de diversión. De aquella, cuando la visita a unos ‘frutos secos’ era la alegría de la tarde.

Edificaciones y lugares notables, los hay.

El Hotel Carlton y su mosaico, obra de Santiago Padrós, van abriendo paso hasta la plaza de Luca de Tena, donde hacer una parada al sol del mediodía es siempre un pequeño placer. Siguiendo la senda hacía el río, nos cruzaremos con la entrada al Museo del Ferrocarril y el Colegio de Nuestra Señora de las Delicias, cuya fachada, mezcla de neomudéjar, neogótico y neorrenacimiento hace difícil no dedicarle una miradita, por corta y desinteresada que sea. Y si continuamos hasta el número 152, la Glorieta de Legazpi nos dirá que nuestro pequeño viaje a través del Paseo ha llegado a su fin.

Y, entre tanto nombre y renombre, no debemos olvidarnos de todos los edificios anónimos que de una forma u otra, con un estilo u otro, con balcones o sin ellos, dan color a uno de los paseos más emblemáticos de Madrid. Son los mismos que, desde el anonimato, han visto nacer, crecer, vivir, reír y llorar a varias generaciones, haciéndonos recordar que, al final, lo importante y lo que realmente crea historia en una calle o ciudad no son sus monumentos, sino sus casas y todas las personas que viven, vivieron y vivirán en ellas. En ese aspecto, como no podía ser de otra manera, El Paseo tiene historia e historias para dar y regalar.

Y quizás no sea lo que fue, quizás tuvo tiempos mejores, pero oye, aquí sigue formando parte de la vida de miles de personas y seguirá sumando recuerdos a la memoria de la capital y sus habitantes.

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