Un vecino de una urbanización de Arganzuela ha colgado en el portal de su edificio una carta que se está compartiendo en redes y que no tiene desperdicio. En tono completamente irónico, el autor arranca dando las “gracias” a quienes describe como “nuestros verdaderos señores feudales: la Mente Colmena de Padres de la Urbanización”, a quienes califica de “vecinos de primera categoría que han tenido a bien darnos cobijo al resto de parias sin hijos”.
Porque, aclara el autor, seamos claros: la urbanización no es de la comunidad, es suya. El resto son, en sus propias palabras, “inquilinos de segunda división a los que permiten habitar en su feudo por pura caridad cristiana”.
El grueso de la queja se centra en los horarios nocturnos. La piscina cierra a las nueve según las normas escritas, pero los niños siguen en ella a las once y media de la noche “gritando como si estuvieran poseídos por el demonio”. El vecino se pregunta con sarcasmo: “¿Quién necesita dormir ocho horas cuando puedes disfrutar del dulce sonido de un niño pegando gritos mientras sus padres están bebiéndose el quinto gintonic a voces en la hierba?” Y concluye que ya ni usa el despertador: “Me despierto cuando a la patrulla infantil le sale de los cojones. Nos dicen exactamente a qué hora nos acostamos. Faltaría más.”

Lo mejor, dice, ha sido la valiosa lección de convivencia que le han dado: “Señores, las normas comunitarias son un concepto abstracto. Aquí no hay ley.” Y añade, con agradecimiento sincero: “Nos han abierto el resto.”
Porque si la zona común es la jungla, él no va a ser menos. Y así ha elaborado la agenda comunitaria para la semana que viene:
Lunes y martes: paseo de mascotas sin bolsa. Los perros y gatos vienen a defecar libremente en el césped. “¿Por qué recogerlo? Es abono orgánico para los niños que corretean descalzos a las doce de la noche.”
Miércoles: tirada libre de basura. Cubos fuera. “Si la piscina es una piscina, el jardín ahora es un vertedero vintage.”
Jueves: noche de vicios y botellón. DJ, un par de cajas de litronas y marihuana de la buena. “Si sus hijos pueden gritar a las 23:30, mi colega DJ puede pinchar techno a las cuatro de la mañana. Igualdad ante todo.”
Viernes y fin de semana: las zonas comunes se reservan para lo que cada vecino quiera hacer con ellas. “Si tu vicio es no acostar a tus hijos y gritar como un cosaco, el mío es el exhibicionismo. ¡Todos a disfrutar del espacio común!”
La carta termina con un mensaje de despedida tan cargado de ironía como el resto: “Solo quería deciros eso: gracias. Gracias por demostrarnos que las normas son para los débiles. A partir de hoy, nos vemos en el patio… eso sí, no olvidéis traeros los tapones, las bolsas para la caca y la correa de cuero para la fiesta del viernes.”
